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Un caramelo con demasiada envoltura. María Antonieta (crítica/review)

Probablemente muchas veces, al leer críticas de películas, usted se haya preguntado por la inferencia subjetiva del escritor. Por sus premisas iniciales, vaya. Pues bien, vaya de antemano que tengo una cierta tendencia a no soportar películas de época. El tener la continua sensación de que todo es falso, que el disfraz es evidente, que la peluca se descoloca, que se recita un guión… no es algo que acompañe. Estamos, por tanto, ante un tipo de género especial que explota (a veces involuntariamente) los aspectos, a menudo, más disimulables del séptimo arte. Mi segunda premisa es que siento una especie de cariño irreversible hacia la angelicalmente peligrosa Kirsten Dunst. Y la tercera… sí, la tercera es rabiosamente Rubinsteniana: la lucha contra un tópico puede ser el mayor de los tópicos. Esto que suena a comecocos del listo del Messenger no es otra cosa más evidente que una tendencia rockera. De toda la vida, vamos. El cagarse en las normas, como decía Risto Mejide.

Meta estas tres premisas en una batidora y abróchese el cinturón. Y es que la gran Sofía Coppola está empeñada en crear escuela con un estilo que fascina y aburre a partes iguales. Y eso, mientras tenga productor, es estupendo. Sus películas se caracterizan, como las de Lynch, en ganar enteros en sucesivos visionados. La atmósfera es uno de los elementos narrativos que mejor maneja Sofía y el éxito de su cine, en gran parte, se debe a ello. El problema de crear films excesivamente dependientes de la atmósfera reside precisamente en las dificultades que interpone al espectador medio. Por ello muchas secuencias bordean titubeando la simpleza, el detalle y el buen gusto con la horterada, lo vacuo y sinsentido.

‘Trilogía de la identidad’ es como algunos definen la actual filmografía de Coppola hija, aunando Las vírgenes suicidas, Lost in translation y la Maria Antonieta que nos ocupa. Quizás sea una definición muy acertada para definir una de las características irrefutables de su cine: la pasión por los personajes. Y es aquí, donde, al igual que ocurría con su ópera prima, Kirsten Dunst saca las castañas del fuego. Coppola sabe que tiene un filón y lo explota al máximo. Dunst saca nota con un papel nada fácil y que se torna, por momentos, inolvidable. Cuando comparte encuadre con el siempre sorprendente Jason Schwartzman (no se pierdan la maravillosa ‘Extrañas coincidencias’) el apogeo parece no tener fin.

Sin embargo, Coppola se emborracha de actriz para adornarla con una película antisistema que desborda arrogancia. El tópico de hacer una película de época de manual, con sus violincitos y sus frases absurdas ciertamente podría ganarse el peor de los infiernos. Pero la pretenciosidad de Coppola para ser cool y romper moldes en todo lo que hace, a veces, se evidencia demasiado. Si el romper la lógica musical de la época (cambiando esos violines por temas de ‘The Cure’, ‘The Strokes’…) es su mayor grito contra lo ortodoxo, perdónenme, pero no me lo trago. ‘Es muy Tarantino’ es lo primero que se nos viene a la cabeza. Ojo, Tarantino lo hace con sentido. Coppola lo hace porque… ¿por qué no? Hagamos que los jóvenes vean pelis de época. Actriz popular con música popular… éxito seguro. No, no, y no.

A pesar de esto, fíjense si peco de ignorancia, que suelo intentar buscarle ocho pies al gato. ¡Claro, es que Maria Antonieta está viviendo como una rockera! ¡Ahora sí encaja esa simbología con los temas musicales contemporáneos! Y si no encaja narrativamente… ¡a la mierda! La música propone sensaciones y las sensaciones no tienen época. Chapó, Sofía. Dejando aparte esta filosofía bipolar sobre el sentido musical en un film, el afán innovador de Sofía es algo intrínseco del cine de autor puro y duro. Y eso es tanto… que debemos estar atentos a la trayectoria de esta cineasta de culto porque en el futuro puede sorprendernos gratamente…

La historia contada hasta la saciedad de persona incomprendida en un lugar hostil aquí cobra un magnetismo esencial (gracias también a una imparable puesta en escena y a un excelente diseño gráfico y estilístico) que puede hacernos salir del cine, incluso, con la sensación de haber visto algo crepuscular. Pero, no nos engañemos, el crepúsculo de Coppola llegó con sus films anteriores. Esto ha sido… cómo lo diríamos… un trámite comercial tan arrogante y descarado como elegante y personal.

Como hacía su padre, vaya.