
De las múltiples vías por las que podía comenzar esta crítica de una de mis películas favoritas, sin duda, he seleccionado la más irreversible: manifestándole a usted, paradójicamente, mi inquietud creativa. Y esto, se debe, fundamentalmente a que, tras revisionar este film, sólo me apetece gritarle (y gritarme): ¡Inocente! Y no, no le he gastado una broma de mal gusto el 28 de Diciembre. Esto es mucho peor: hablo de
la paradoja de la eterna inocencia del ser humano.
El inefable
Carlos Saura firma con
Cría Cuervos (1975) una de las mejores películas en la historia del cine español. Íntima pero agresiva, impulsiva pero racional, realista pero simbólica. ¿Recuerda usted cómo actuaba cuando era tan sólo un niño? ¿Qué pensaba? ¿Cuáles eran sus temores? ¿Y sus pasiones? Y, lo más importante aún, ¿cuáles eran sus verdades universales y cuales son ahora?

Y es, precisamente, a este aspecto al que me refiero al hablar de inocencia. A las verdades universales.
En qué punto y bajo qué batuta asumimos que algo es absolutamente veraz. Una niña a la que su madre advierte de que lo que posee en sus manos es un tarro repleto de veneno que podría matar hasta a un elefante puede ser tan verdadero para la pequeña como para usted puede ser el hecho de que haya armas nucleares en un país, anunciado por el telediario de las tres o de que una pastilla llamada Pluroxin cura el cáncer, proclamado por un consagrado doctor asiático. Y no entro en la certeza real o no de cada situación, sino en la sensación de veracidad. La sensación de saber algo a ciencia cierta.
Esto es, evidentemente, elevado a mil si nos encontramos
en medio de una dictadura. En este contexto político-social
la imposición de las verdades universales puede resultar tan absurdamente ridícula como humillante.- ¿Qué es esto?
- Una naranja.
- No. No es una naranja. Es una piña.
- Pe… pero… una piña es más grande y…
- Si yo digo que es una piña, entonces ES una piña.
- Pero… señor militar… una naranja se llama así por el color… es evidente…
- Pero ¿duda usted de mi sabiduría? Es una puta piña. ¿Entendido? (sacando su arma)
- P…p…por supuesto, señor.
- Se lo repetiré por última vez, ¿qué es esto?
- Una piña, señor, una piña con una pinta estupenda. 
Hasta qué punto nuestra conciencia vence a nuestra actitud social. Quiero decir, en qué momento nuestras propias verdades universales se enfrentan a las de otra persona (probablemente de un status superior), inclusive, a las de la sociedad. Ana (una genial
Geraldine Chaplin) enfrenta sus sentimientos, su arte, su sensación universal de amor, de respeto y de cariño, contra las verdades universales de su marido, Anselmo (
Héctor Alterio), un militar nacionalista sin razonamiento alguno que practica el adulterio. Este enfrentamiento, como es lógico, provoca un dolor, una sensación de impotencia, latente en todo el film, y que, simbólicamente (o no) provoca la tremenda enfermedad de Ana. La enfermedad de la impotencia al no poder (o querer) hacer frente a su marido, por conservar la aparente estabilidad social de un matrimonio perfecto. La maravillosa secuencia del enfrentamiento entre Ana (madre) y Anselmo bajo las escaleras ante la atenta mirada de Ana (hija), aprehendiéndose de todo lo que ve, está en absoluto paralelismo narrativo a la secuencia en la que las niñas hacen una performance de la situación de sus padres. Mientras que las niñas actúan para denotar la realidad que conocen (las infidelidades de su padre) e intentan solucionar la situación (Ana se opone enfurecida a que su marido continúe engañándole), Anselmo y Ana (madre) actúan para asumir la mentira. Para considerarse inocentes de sus propios actos.

Y es que, párense a pensar un instante, cada uno de nosotros a lo largo de nuestras vidas recorre un camino diferente. Cada uno decide cuales son sus propias verdades y sus propias mentiras. Y esta decisión que pueda parecer difusa e inconsciente es realmente la que marca el camino de nuestras vidas y se fundamenta a base de empaparnos de todo lo que nos rodea y asumirlo como real.
Ana (hija, encarnada por una impresionante con mayúsculas
Ana Torrent… ¡qué mirada!)
cree tener poder para decidir quién vive y quién muere: puede hacer aparecer a su madre por las noches, desaparecer a su padre o resucitar a sus hermanas cuando juegan al escondite.
“Me quiero morir”, gritaba su madre, desesperada.
“Quiero que te mueras”, le exclama a su tía.
“¿Quieres que te ayude a morir?”, le sugiere a su abuela. Para ella, por tanto, la muerte se torna en un estado de alivio ante una vida trágica y de sufrimiento, pero también como un castigo ante una existencia banal. Lo que para ella es real para nosotros es extraño, fantástico y, a veces, disparatado.
El simbolismo y el surrealismo están presentes en todo el film: la abuela sin voz ni voto a la que apartan de la familia para que viva en sus recuerdos (a través del arte: música y fotografía), la leche (nutrición básica de los niños, que Ana no tuvo de su madre) como veneno, las niñas actuando como sus padres (¿o los padres actúan como niños?), la madre que entierra su futuro musical por su compromiso de casada con Anselmo (la muerte del arte con la aparición de la dictadura y el ignominioso poder del hombre sobre la mujer), la niña Ana empuñando un arma cargada (evocando la agresiva actitud militar de la época)…

Cuando estamos ante una película inteligente es básicamente porque parte de un guión preciso y cuidado. Y es que
el guión de Saura es un ejercicio de estilo definitivamente magistral, donde se maneja la conciencia del espectador de un lado a otro sin ningún tipo de reparo. Es aquí donde la palabra espectador cobra su pleno significado y donde el cine se eleva, como cualquier otro arte, a estratos de manipulación y engaño. Creemos que Ana (hija) ha matado a su padre, creemos que tiene un veneno, creemos que mata a su tía… siempre para después chocarnos con la realidad. Para demostrarnos que lo que creíamos verdad irrefutable, de pronto, se torna falaz. La fantasía se hace realidad, y lo real se vuelve fantástico. Todo a través de nuestra inocencia como espectadores, volubles e inconscientes. Como en la vida real. Inocentes.
Unas soberbias interpretaciones de todo el reparto sumadas a un inteligentísimo empleo de la fotografía (a cargo de un muy acertado
Teodoro Escamilla) y a una ausencia de banda sonora original arriesgada pero sumamente poderosa y efectiva (sólo aparecen tres temas a lo largo del film: la misteriosa melodía de piano
‘Canción y Danzas nº5’ de Federico Mompou, la canción favorita de la abuela:
‘¡Ay Maricruz!’ de Imperio Argentina; y la exitosa
‘Porque te vas’ de Jeannette, omnipresente y casi segunda narradora de la película) que dota al film de una potencia inusual, y sumado a un Carlos Saura milimétrico e inspirado a la hora de colocar la cámara, de panear suavemente y de dotar a la cinta de un ritmo perfecto (
cada plano parece esencial, imprescindible), hacen de
‘Cría cuervos’ una de las películas más bellas, reivindicativas, misteriosas, filosóficas y francamente críticas con el contexto social de su época (se estrenó tras la muerte de Franco), del cine español.

Cría cuervos y te sacarán los ojos, decía el refrán. Y aquí es donde Saura reivindica a pleno pulmón el valor de la educación, no sólo como ejercicio institucional sino como actividad vital de adoptar verdades universales. Todo. Absolutamente todo lo que un niño ve, escucha y siente le está educando. Para bien, o para mal. El final del film es tan explícito como irónico en este aspecto, cuando, tras habernos mostrado durante todo el metraje el trauma (enfrentando realidad-fantasía) que presenta Ana, se nos insinúa el posible trauma de la hermana mayor (que sueña que es secuestrada y asesinada) mientras multitud de niños (asumiendo que este trauma infantil es algo prácticamente natural, innato) acuden al colegio para que unos cuantos les ‘enseñen’ las verdades universales de la vida. Con un simbólico paneo se nos muestra, justo al lado del verdoso (y con esperanzador futuro, por tanto) colegio, la caótica ciudad donde habitan los adultos. Fantasía (o falsa realidad) contra realidad (o falsa fantasía).
La frontera entre la niñez y la madurez es una estrecha línea prácticamente invisible llamada inocencia. Y lo más terrorífico y apocalíptico es que ésta no tiene fecha de caducidad.
Éramos transparentes, éramos transparentes los dos.
Como el agua de la lluvia que golpea la ventana.
Éramos tan fuertes, éramos tan fuertes los dos.
Que creímos que nada dolía, que creímos que no moriría.
Dónde fue todo eso a parar, cuándo se empezó a estropear.
Quiero ser inocente, prácticamente inconsciente,
Para creer que podría tenerte a mi lado eternamente…
(Fragmento del tema Eternamente Inocente de Fangoria)
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